Cenicienta y el ratón
- ¿Qué es lo que harías tú, Penélope? Daba vueltas una y otra vez en su cabeza. ¿Cuánto había bebida la noche anterior? ¡A quién le importa! Nadie le decía nada a Perseo pese a que había cometido la afrenta del siglo: solo se deleitaban de verlo ahí, desnudo, siendo devorado una y otra vez por ese ave sádico que parecía representar el placer de los viejos que lo miraban con ganas de hacer lo mismo. ¡Qué importaba si se había pasado de copas! Es más... ¡le habían faltado copas! Tenía el vago recuerdo de la botella de vodka medio llena sobre la tabla en el balcón. - Pues... no sé. Tu caso es bien complejo, te diré. - Ya, ya... si tampoco se trata de que me hagas terapia. Fue una simple pregunta. - Perdóname, Cenicienta, tengo varios milenios de edad y soy un poco más anticuada. - Sí, eso ya lo creo. Pero no te creas que soy tan joven tampoco. - ¿Ah, no? Es que pareces tan etérea y lozana. - ¡Me vas a responder o no! Me quedan pocos minutos... No está de más aclarar que, además, la c...