Cenicienta y el ratón
- ¿Qué es lo que harías tú, Penélope?
Daba vueltas una y otra vez en su cabeza. ¿Cuánto había bebida la noche anterior? ¡A quién le importa! Nadie le decía nada a Perseo pese a que había cometido la afrenta del siglo: solo se deleitaban de verlo ahí, desnudo, siendo devorado una y otra vez por ese ave sádico que parecía representar el placer de los viejos que lo miraban con ganas de hacer lo mismo. ¡Qué importaba si se había pasado de copas! Es más... ¡le habían faltado copas! Tenía el vago recuerdo de la botella de vodka medio llena sobre la tabla en el balcón.
- Pues... no sé. Tu caso es bien complejo, te diré.
- Ya, ya... si tampoco se trata de que me hagas terapia. Fue una simple pregunta.
- Perdóname, Cenicienta, tengo varios milenios de edad y soy un poco más anticuada.
- Sí, eso ya lo creo. Pero no te creas que soy tan joven tampoco.
- ¿Ah, no? Es que pareces tan etérea y lozana.
- ¡Me vas a responder o no! Me quedan pocos minutos...
No está de más aclarar que, además, la cobertura telefónica era bastante deplorable desde que a los seres-que-supuestamente-son-inteligentes-y-por-ello-nos-gobiernan se les había ocurrido la brillante idea de lanzar la guerra contra el viento. Al menos así se había entendido para todo el mundo, porque nucna hubo un conflicto con menos razones que aquel. La señal se mantenía en blanco por lo que decidió cortar la llamada de una vez.
- Púdrete, Penélope. Será mejor que vayas a tejer tus mentiras de siempre.
Te oí, desgraciada hija de puta. Pero no le dio tiempo a seguir hablando. Vieja decrépita, simplemente. Ojalá hubiese sido más accesible. ¿Qué era lo que tanto le encontraban en la edad antigua? Seguro era la falta de opciones... Pero... ¿cómo era posible que tantas personas hubiesen cabido en su cama? Le dolía la cabeza de una manera terrible. ¡Alguien tiene un puto paracetamol, por el amor del diablo! ¡No sé, cualquier cosa! ¡Más cerveza! ¿Qué era lo que le había provocado el dolor de cabeza? ¿Había tomado las precauciones necesarias? De haber concebido sería un enorme desastre identificar al progenitor... y si era un embarazo múltiple, cuánto peor. Pero no, no estaba arrepentida. Lo había pasado de puta madre: los recuerdos esporádicos, casi como fotografías, daban cuenta de que había sido una aventura llena de adrenalina.
- Cenicienta...
Una voz balbuceó con dificultad: era como el sonido de una puerta roñosa que crugía al abrirse. Era como si en cualquier momento se fuese a quebrar. Miró con cuidado. Era difícil diferenciar entre tanto cuerpo distinto metido en su lecho: pieles claras y oscuras, rostros con barba y otros afeitados, labios rosa y otros opacos. Miró la botella sobre la mesa del velador.
- ¿Y tú, quién eres?
- Ni idea. Quién eres tú.
Vio su ropa tirada por ahí. Eran las doce del día. Debía ir a hacer como que amasaba las empanadas que comerían en el almuerzo o su madrastra se enfadaría de verdad. Corrió aun medio desnuda en dirección a la puerta y dejó ahí a todos los amantes que, al reencontrarse en la resaca del día siguiente, volvían a abrazarse y besarse. Cerró la puerta y corrió descalza hasta llegar a la casa. La madrastra y las hermanadas yacían en el suelo con el rostro morado.
- ¡Quién hizo esto!
Ahí estaba el ratón eléctrico, limpiando las sobras. Cenicienta sonrió.
- ¡Por qué nunca me dejan hacer las cosas a mí!
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