Re-cordar
Hace más de diez años tuve un curso de etimologías grecolatinas como parte de mi formación universitaria, contenido que me hubiese gustado haber podido aprovechar más. Dentro de las muchas cosas que aprendí, hay algunas algunas palabras que siempre vuelven a mí desde su significado más profundo y original. En este caso, la palabra "recordar": volver a pasar por el corazón. Recordar tiene una significación afectiva por sobre "acordar", que vendría a aparecer más bien de improviso y sin mayores vinculaciones. Es por ello que la vida está llena de recuerdos y lo que no queremos, tiende a olvidarse (aunque, en algunos casos, no).
Las cosas cambian y el estado presente es consecuencia inevitable de muchas acciones y situaciones del pasado. También sé que dicen que no es tan bueno vivir del pasado: primero, porque no somos museos y, segundo, porque a la larga nos llenamos de una nostalgia que a veces se torna innecesaria. Pero, a veces, también esa nostalgia nos llena de energía y de motivos para tratar de entender lo que sucede, por qué algunas cosas siguen y otras no van a cambiar ni aunque invoques a todos los espíritus del universo. Hay cosas que acepto, otras que jamás aceptaré y otras, con las que simplemente hay que lidiar: aceptar.
No sé por qué me cuesta tanto hablar de ti (y contigo). No sé por qué construimos una muralla invisible, pero infranqueable hacia ambos lados: quizás, porque, en el fondo, somos más parecidos de lo que pretendemos. Te entiendo, pero no sé si tú me entiendes a mí. Hace poco recordaba -y sí, porque está involucrada mucha emotividad-, de tantas veces en que quise algo y la respuesta fue "no". Tantas veces en que el haber notado, siquiera, una intención, hubiese bastado y, sin embargo, la respuesta era cerrada y sin mayor flexibilidad. No. Recibí muchos "no" que hasta el día de hoy duelen, pese a que han sido varios los años en que debí haber superado y entendido. El día de hoy, sí, quizás puedo entenderlo, pero desde una óptica diferente y pseudo madura, pero el niño que sigue viviendo y viendo el mundo desde esa perspectiva lo sigo resintiendo. Resiente de ausencia, resiente de un orgullo que no le es propio: hacer cosas en tu nombre cuando en realidad solo eran por una convicción personal que, por cierto, respeto, pero que no necesariamente me hizo sentir representado.
Pese a esos inconvenientes que me nublan y duelen, no puedo dejar de recordar los cuidados y que, en el fondo, esa rigidez me ayuda, hasta el día de hoy, a seguir adelante aunque me tiemblen las piernas de cansancio. Ese muralla inexpugnable me sostiene estoico ante cualquier tormenta, tsunami o terremoto (aunque a veces también quisiera poder derrumbarme y saber que podrías venir a colaborar con la reconstrucción). A ti, que apareces en mi mente, pero que en mis letras oculto, a ti, que te guardo cierto recelo pero que, indiscutiblemente, quiero. Y sí, te quiero mucho, porque no podría dejar de hacerlo: porque olvidarte sería negarme a mí mismo. Te quiero porque, gracias a eso, estoy aquí, escribiendo de madrugada, re-cordando muchas experiencias que me construyen (y que instalan semillas para posteriores deconstrucciones).
Quizás algún día me atreva a decírtelo. Y con cariño, porque si no me importaras, simplemente dejarías de existir. Claro que existes, claro que lates, claro que vibras en mi alma y lo harás por siempre. Porque en mi mirada, también te encuentro; en mis palabras, hablas tú; en muchos de mis pensamientos, me alegro como el niño chico que corre a tu regazo.
Me quedo con el abrazo, el Nightingale de Yanni que escuchamos una vez en la micro -un audífono cada uno- y que decidí atesorar.
Comentarios
Publicar un comentario