Duele.
Hace días que ando con una angustia atada en la garganta y no sé cómo hacerla salir. En realidad... quizás sí sepa cómo hacerla salir, pero me da un poco de miedo que el torrente salga con tanta violencia que acabe en el descontrol. De hecho, ayer, en un momento en que venía caminando, miré hacia el cerro y estuve a punto de caer. Me dolía el pecho, me dolía el futuro y el pasado, pero por sobre todo, esa sensación de presente angustioso en que sientes que no alcanzas para nada: no alcanza el tiempo para vivir. Me atormenta el futuro que sueño y su lucha constante con el presente que no me acomoda del todo, del cual sé que quiero huir y que en estos momentos no puedo.
Me duele ver caras indolentes a diario.
Me duele sentirme completamente inútil en medio de miradas displicentes.
Me duele pensar que pueda ser la única opción.
Me duele despertarme cansado y dormirme sin aliento.
Me duele la idea de reencontrarme con un pasado en una versión distinta, quizás esperando reencontrarlo, quizás esperando sanar heridas, temiendo causar heridas en otras vidas que no merecen cargar con cosas que no son suyas. Pero sigo queriéndolo, porque en ese pasado veo un futuro que en este presente no encuentro.
Quizás debería largarme a llorar de una y ya. Seguir los consejos de Cortázar, pensar en el frío que siento, pensar en mi propia oscuridad. Pensar en desaparecer por un instante, ahogarme en esa droga de palabras que me aprieta los dientes, que me aprieta el cuerpo, que me hace doler los músculos. No he evolucionado en el adulto seguro que debiese ser: me duele no sentirme querido, pero sé que, en el fondo, hay que hacer ciertas cosas pensando en un futuro más allá. Aunque haya quienes no quieran ver más allá, aunque haya quienes realmente sean miserables... aunque haya quienes me quieran fuera. ¡Yo también quiero estar fuera! Y me duele. Me duele mucho, pese a que sé que tengo tantas cosas que me hacen sentir vivo, quizás por eso me duela incluso más.
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