Entradas

Insignificancia.

 Silencio. No me salen las palabras y me cuesta hablar. Me cuesta decir lo que siento, lo que me pasa, lo que creo. Silencio, silencio, mejor no decir nada: el más mínimo sonido y la nave sería incapaz de soportar la turbulencia, aterrizaje de emergencia y quizás peor. Silencio, silencio, mejor no digas nada, pues, ¿qué es lo peor que puede pasar si se sigue igual? Acabarás destruyéndote por dentro como ya llevas haciendo por años, nada peor: todo seguirá en equilibrio. Un alma menos es insignificante en comparación con el equilibro de un ecosistema mayor. Eres insignificante, asúmelo, no importas, sigue como si nada.  A veces quisiera que las cosas fueran distintas. A veces lloro en silencio, me corrompe los huesos, me duele el cuerpo, quiero reventar. ¿Y qué? Da igual. Nunca estoy lo suficiente mal como para que sea importante, siempre tú puedes estar peor. No importa. Seguiré en pie -creo que esa sí es una de mis habilidades- estoico, imbatible, con fuerza de papel. Ese pap...

Cenicienta y el ratón

 - ¿Qué es lo que harías tú, Penélope? Daba vueltas una y otra vez en su cabeza. ¿Cuánto había bebida la noche anterior? ¡A quién le importa! Nadie le decía nada a Perseo pese a que había cometido la afrenta del siglo: solo se deleitaban de verlo ahí, desnudo, siendo devorado una y otra vez por ese ave sádico que parecía representar el placer de los viejos que lo miraban con ganas de hacer lo mismo. ¡Qué importaba si se había pasado de copas! Es más... ¡le habían faltado copas! Tenía el vago recuerdo de la botella de vodka medio llena sobre la tabla en el balcón. - Pues... no sé. Tu caso es bien complejo, te diré. - Ya, ya... si tampoco se trata de que me hagas terapia. Fue una simple pregunta. - Perdóname, Cenicienta, tengo varios milenios de edad y soy un poco más anticuada. - Sí, eso ya lo creo. Pero no te creas que soy tan joven tampoco. - ¿Ah, no? Es que pareces tan etérea y lozana. - ¡Me vas a responder o no! Me quedan pocos minutos... No está de más aclarar que, además, la c...

Duele.

 Hace días que ando con una angustia atada en la garganta y no sé cómo hacerla salir. En realidad... quizás sí sepa cómo hacerla salir, pero me da un poco de miedo que el torrente salga con tanta violencia que acabe en el descontrol. De hecho, ayer, en un momento en que venía caminando, miré hacia el cerro y estuve a punto de caer. Me dolía el pecho, me dolía el futuro y el pasado, pero por sobre todo, esa sensación de presente angustioso en que sientes que no alcanzas para nada: no alcanza el tiempo para vivir. Me atormenta el futuro que sueño y su lucha constante con el presente que no me acomoda del todo, del cual sé que quiero huir y que en estos momentos no puedo. Me duele ver caras indolentes a diario. Me duele sentirme completamente inútil en medio de miradas displicentes. Me duele pensar que pueda ser la única opción. Me duele despertarme cansado y dormirme sin aliento. Me duele la idea de reencontrarme con un pasado en una versión distinta, quizás esperando reencontrarlo, ...

Encontrar ese lugar.

 A veces quiero salir corriendo, pese a que mira el horizonte y, de pronto, intento sonreír. Corro, subo el cerro hasta la cima, respiro, sonrío. ¿Por qué me cuesta? Será acaso por el barro que se le ha pegado a la suela de mis zapatillas y pienso en cómo tendré que limpiarlo luego. Pero no. Será acaso porque me he rasguñado en el ascenso y probablemente algo me dé alergia. pero no. Sonrío, me esfuerzo, sonrío con más fuerza hasta intentar convencerme, pero no. Vuelven los deseos de salir corriendo, de abrir las alas y volar tan lejos como sea posible: abrazarme en ese ideal futuro de un pasado imaginario que añoro. Abrazarme a ese pasado congelado que podría ser un futuro cálido, sonriente, renovado. Morir para volver a nacer. Romperse en mil pedazos para volver a construir algo nuevo y fortalecido.  A veces creo que puedo con todo y que puedo seguir como si nada. Una sonrisa y ya está, ¿quién no puede, acaso, fingir una sonrisa y hacer como que todo está bien? Veo rostros a ...

Las arenas del tiempo

 Corren y corroen las venas. Corroen el alma, el metal, las estructuras óseas que, según dicen, debiesen sujetar el cuerpo. Sujeción del sistema nervioso convertido en un simple entremado de vísceras confusas e inertes que reptan en un infinito incierto, incierto como la vida, incierto como el espacio, incierto como el tiempo. Corren y corroen las arenas del viento, el tiempo se cuela en las rendijas de una casa antigua que se desmorona en mitad de la ciudad a la espera de sucumbir frente al concreto inconciso que destruye toda ilusión de belleza, de perpsectiva, de horizonte armónico.  Solo huelo veneno, lo aspiro, lo respiro, lo abrazo. Cobijo el veneno en mi corazón, lo diluyo por mi ser. ¿Qué es el tiempo sino una invención maquiavélica y despiada de ese tic tac inerte e inservible que aparece como un vigía sin piedad? ¿Qué es el tiempo sino una excusa para sostener una máquina que destruye la vida, que pretende regularla, darle razones, darle existencia a lo inexistente d...

Salir corriendo

 A veces me dan ganas de salir corriendo sin ningún motivo, sin ningún fundamento. Me siento de frente al mundo sin saber ni lo que pasa, ni lo que pienso ni lo que sucede en mi cerebro. ¿Querer que todo sea distinto es acaso parte de la normalidad anormalizada? Me inunda el miedo. Me inundan las ansias de que todo sea distinto, sí, quizás a mi modo, asumiendo que mi moral es precisa e incorrompible. ¿Cómo saberlo? Si día a día hasta yo mismo me tiento y me caigo en mis propias palabras. Me congelo. Me tiritan los brazos, me tiritan las piernas y más de alguna maldición emerge siniestra de mis labios que se limpian, que se cuidan de decir alguna invocación negativa, pero no puedo. No puedo simplemente caminar sin decir nada, sin soñar, sin sentir. Giving a little damn  puede ser un poco terapéutico a veces, escribir tonteras locas, quizás, también. Escribo sin saber el futuro, quizás atrayéndolo de un hilo rojo, verde, amarillo o celeste. ¿Qué importa? Si lo que menos tiene es...

Esperar... sin esperar demasiado.

No sé bien por qué llegué aquí. O sea, lo obvio, sí: seguí una dirección electrónica que reencontré en una de las tantas redes sociales en las cuales, casi por inercia, nos hemos ido creando cuentas. Casi ni me acordaba de que, en algunas ocasiones, me gusta escaparme a un espacio seguro en el cual escribir. "Espacio seguro", concepto que quizás puede haber adquirido popularidad por su uso contante por parte del personaje de Jean Milburn en Sex Education. Espacio seguro que lo lea todo aquel que quiera y si es que le sirve de algo, bien, si no, gracias. Y me encuentro aquí, inserto en una pandemia inacabable y el miedo constante de una posible guerra en el otro lado del mundo que, en el fondo, también significa un posible escenario poco amistoso (sobre todo para alguien ansioso). ¿Tan difícil es pedir un poco de "estabilidad"? Y no hablo de normalidad, porque hay cosas que sí es bueno cambiar, pues no para todos la normalidad ha sido algo agradable. Un poco de est...